Si subes a la colina que desde Oneglia mira al mar, en un momento dado, en via Fanny Roncati Carli, te encuentras una casa que no se parece a ninguna otra de por allí. Mascarones que te miran desde los muros, escalinatas que parecen hechas para hacer una entrada triunfal, columnas, arcos, un lago con un templete en medio. La primera vez que la ves piensas en una broma, o en un plató de cine. En cambio es una casa de verdad, y quien la quiso así fue un payaso.
Grock se llamaba en realidad Charles Adrien Wettach, era suizo, nacido en Reconvilier en 1880. Durante años fue el artista mejor pagado de Europa, lo llamaban el rey de los payasos: hacía reír con el violín sujeto al revés y sus desastres al piano, un número que recorrió los teatros de medio mundo. Llega a Imperia en 1920 por los parientes de su mujer, y la zona le gusta hasta el punto de quedarse a vivir. Primero se hace construir una casa más pequeña, la Villa Bianca, luego en 1927 compra un terreno triangular aquí arriba y se lanza con el gran proyecto: tres plantas, algo así como cuarenta y siete habitaciones. Se muda hacia 1930 y se queda hasta el final: muere justo aquí, en Imperia, en 1959.
Lo bonito es que la villa la piensa él mismo. El plano técnico lo firma un agrimensor genovés, Armando Brignole, pero las ideas estrafalarias son todas de Grock. El estilo es un modernismo llevado al exceso, mezclado con Art Déco y toques orientales, persas, un poco barrocos: un batiburrillo que en cualquier otro sería kitsch y en él, en cambio, funciona. Modelaba él mismo los mascarones, dibujaba grafitis en los muros, rehacía las cosas hasta que le gustaban. Y luego están los símbolos: las bolas de los payasos, las máscaras, referencias al circo, y guiños a la astrología y la astronomía, porque le importaban mucho.
La fachada teatral de Villa Grock, con la torrecilla mirador y la escalinata de entrada.
La parte que más queda grabada, sobre todo en los niños, es el parque. Delante de la casa hay un lago elíptico, una especie de vivero, y en medio un islote con un templete sostenido por columnas de huso y cubierto por una pequeña cúpula. Para llegar se pasa por un puentecillo con un arco bajo, rebajado. Parece que Grock pescaba allí y hasta se zambullía. Alrededor, lo que queda de un jardín que en su día fue enorme, siete mil metros cuadrados antes de que se vendiera parte del terreno: cedros del Líbano, abetos, magnolios, palmeras, cicas, olivos. Caminas por dentro y entiendes que lo extraño no está solo en los muros, está en el aire.
El lago elíptico con el templete de columnas en medio y el puentecillo del arco rebajado.
Durante años la villa estuvo abandonada, y poco habría faltado para imaginársela acabando mal. Luego, en 2002, la asumió la Provincia, y tras una larga restauración, en 2013 reabrió como Museo del Payaso. Dentro están los objetos de Grock e instalaciones un poco lúdicas; fuera está el parque para recorrer, y en verano organizan talleres para los más pequeños. La entrada cuesta pocos euros, con reducción para los niños y entrada gratis para los más pequeños; los horarios cambian bastante entre verano e invierno, así que antes de subir conviene echar un vistazo a la web del museo, también porque en los días de apertura hay una lanzadera que sale del centro y te evita buscar aparcamiento en la colina.
Uno de los mascarones que asoman en los muros de la villa: la cara sonriente de un payaso.
Yo, sin embargo, conocí esa villa mucho antes de que se convirtiera en museo. Todo esto se ha puesto en valor solo en los últimos años: cuando yo era un chaval, Villa Grock estaba cerrada y abandonada. Y pasaba ciertas tardes de aburrimiento con Denis, un compañero mío del instituto, saltando la verja y entrando a escondidas. Jugábamos sin que nadie nos molestara en el parque abandonado a su suerte, entre las escalinatas y el lago vacío, y cada vez acabábamos trepando hasta arriba del todo, para asomarnos a la torrecilla mirador con toda Imperia bajo nuestros pies. Si mi madre se hubiera enterado, me habría matado. Hoy, quizá, me libraría con una sonrisa.
Y aquí llego a la parte que para mí cuenta más que ninguna otra. Para mi Emma, de pequeña, Villa Grock no era el museo, ni el lago, ni los mascarones. Villa Grock era la casa de Papá Noel. En Navidad la villa se engalana de verdad y llega él, en carne y hueso, a recoger las cartas de los niños. No me lo estoy inventando como un reclamo turístico: es algo que hacen desde hace años, lo he visto con mis propios ojos y también lo he encontrado en los periódicos locales. Para Emma, todo el ritual estaba en escribirla, esa carta. Se lo pensaba durante días, la pasaba a limpio, decidía y cambiaba de idea sobre qué pedir. Luego la echábamos allí, y desde ese momento, para ella, la Navidad había empezado oficialmente. Se me ha quedado grabada la cara con la que entregaba el papelito, entre lo serísimo y lo emocionado.
Emma deja su carta a Papá Noel, en Villa Grock.
¿Y sabes qué me hizo efecto? Que llevarla allí fue, para mí, un pequeño relevo. En el mismo sitio donde de chaval saltaba la verja de una villa muerta, años después llevaba de la mano a mi hija mientras echaba su carta a Papá Noel, en una villa que había vuelto a la vida. La misma piedra, dos infancias distintas, y en medio una ciudad que ha recuperado un trozo de sí misma.
Por eso, cuando recomiendo Villa Grock, lo hago de dos maneras distintas. Si viajáis en verano, es una parada extraña y bonita, una historia de circo asomada al mar, y la incluyo entre los sitios para familias por esta zona (hablo de ello también en Imperia green, ideas para familias). Si en cambio pasáis por aquí en Navidad y lleváis niños, entonces subid por las cartas, confiad en mí. Es un sitio que se toma el juego en serio, como hacía su dueño.